La columna de Eugenio Tironi, en El Mercurio, es un texto desafortunado. Esto suele suceder cuando las piezas de propaganda (personal, ideológica o empresarial) se denominan carta. Cuando uno escucha esa palabra en un título, hay que parar la oreja y leer con cuidado, porque lo que viene tiene licencias de la razón y la emoción.
Tironi, comienza su texto validando su sabiduría intelectual, escudándose en Margaret Mead, “una de las mayores antropólogas de todos los tiempos”. La usa para justificar las próximas líneas de su carta, donde defiende que el actual conflicto en torno al modelo educativo y político es un conflicto generacional, casi natural y propio de nuestra condición de homo sapiens.
Margaret Mead, defensora y promotora de la diversidad cultural y de la igualdad, a propósito del mundo intelectual determinista y pesimista dijo: Nunca duden que un pequeño grupo de ciudadanos lúcidos y comprometidos puede cambiar el mundo. En realidad son los únicos que lo han hecho. Margaret Mead innovadora y rupturista, en su vida y en la investigación, probablemente, sufriría viéndose utilizada para validar esta carta.
Molesta la manipulación de Tironi, porque con más sutileza y persuasión, sigue los pasos de su socio ideológico, José Joaquín Brunner, que calificó el movimiento de “infantilismo revolucionario”, y los de su colega, Fernando Villegas, que por otros medios también intentó desacreditar a los protagonistas del movimiento. Estos adultos, como en la oscura propaganda política, han intentado destruir a las personas/enemigo; no discutir, o conversar y construir a partir de la diferencia y la diversidad. (Esta defensa de la diversidad que era una de las banderas de Margaret Mead)
Continúa la carta de Tironi, fustigando a estos jóvenes inmaduros y egoístas. En esta parte de su pieza, recuerda a las generaciones de los ochenta, y cita a Alejandro Zambra (otro guiño progre): “al observar a los adultos escuchando en la radio las noticias de allanamientos y de muertos, los niños entendíamos, súbitamente, que no éramos tan importantes”. […a diferencia de ustedes que lo han tenido todo…]
Finalmente para terminar su carta en tono paternal y comprensivo, se atribuye la representación de los “adultos del país”, de TODOS los adultos del país. “Podemos comprenderlos y apoyarlos, pero no nos pidan que nos pleguemos a vuestros planteamientos. Somos adultos, no jóvenes, y como tales estamos condenados a actuar hasta el fin de nuestros días. Por el bien de todos, incluyendo el vuestro.” Es obvio que Tironi sabe que no representa a todos los adultos, entonces ¿Cuál es su nosotros? ¿Qué sistema defiende sin explcitar?
Molesta esta manipulación de Tironi. El conflicto que estamos viviendo es profundo y delicado requiere generosidad e inteligencia. Apertura y escucha fina de los argumentos y las narrativas. Tironi fue unos de los constructores de una narrativa difícil y compleja que validó el pacto Concertación/Alianza por veinte años, con todos sus avances y pendientes. Sería positivo escucharlo contribuyendo lúcidamente a la solución. Las descalificaciones, más o menos vociferantes o inteligentes, profundizan las distancias.
Hoy, más que pedirle madurez al movimiento estudiantil, hay que pedirle madurez y respeto a un sector del mundo adulto que no quiere escuchar, que no quiere ceder y que en lugar de aprovechar el movimiento modernizador, humanizador e incluyente, se aferra a su obra, con una ceguera sólo superada por su ego.
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